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Dicen que el verano es tiempo para la lectura. Yo no estoy muy de acuerdo con esta aseveración, porque de ser así, mi vida siempre trascendería en período estival, aunque he de reconocer que, dado que los días son más largos en esta fase del año, el período de lucidez se incrementa, y por lo tanto, las horas que podemos dedicar a tan digno oficio.

 

Sea por obra y gracia de este pseudo-paradigma que aúna el verano y la lectura, o por otras cuestiones más profundas, la realidad es que en estos días ando metido en el análisis de un curioso ensayo titulado “125 Agostos en la Historia de San Sebastián”, obra del cronista oficial de la ciudad donostiarra Javier Sada.

 

Mis motivos racionales son aparentemente analíticos, puesto que siempre que concibo un nuevo proyecto literario, (y parece que el engranaje neuronal ya está trabajando para ello), necesito cargarme de argumentos que den solidez a la narrativa, y en este caso, dicha fuente parece ser capital a tenor de los planteamientos que yo mismo me he autoimpuesto.

 

Pero la lectura da para mucho más que para una mera cuestión pragmática, y así, mientras leo las amenas crónicas del libro, hay también tiempo para la rumia, como diría el maestro Cioran, y en esas reflexiones borbotean en mis pensamientos discusiones que tienen en nuestra identidad nacional el objeto prioritario del debate.

 

A estas cuestiones de base, llego al enlazar las crónicas de los episodios nacionales de nuestra Historia política vistos con una mirada retrospectiva tras la ventana del estío donostiarra (un mirador de lujo, por cierto, ya que la ciudad vasca sería un sitio de encuentro de las élites gobernantes durante decenios) con la propia inercia de los acontecimientos presentes, una suerte de melodrama de mal gusto.

 

Mis conclusiones son, a la vez, pesimistas y optimistas, sensaciones aparentemente contradictorias pero que insuflan en mi espíritu un aire redentor muy necesario; y es que adentrarse en la espiral de la Historia es el mejor de los bálsamos que podemos encontrar cuando la agresión mediática parece querer que entremos en una especie de delirio colectivo de autoaniquilación.

 

Para mi es un horror hacer ojos, oídos y corazón a la voz y el palpitar que emanan de los medios oficiales y oficiosos, en donde se nos pretende mostrar las exequias de un país moribundo; sinceramente creo que todo ese mensaje catastrofista está muy alejado de la realidad, porque nuestro país, España, siempre ha sido de esta manera.

 

A un rico y vasto legado cultural en forma de crisol de múltiples identidades, se le ha adherido siempre una sarna política inmerecida. Siempre hubo Mauras, Sagastas y Romanones, reyes con coronas y sin coronas que con comisiones y sin ellas se han enriquecido a costa de un pueblo dócil y adormecido más preocupado a veces por el pan y el circo que por su futuro como nación.

 

A pesar de todos ellos, el pedigree cultural que nos acompaña, nos ha movido hacia adelante con una fuerza desbordante, puesto que nuestra luz reside en un patrimonio que nos une y nos aglutina individuo a individuo con una fuerza cohesiva inconsciente que trasciende las banderas y las ideologías, a pesar de los delirantes mensajes venidos de los discursos pseudo-históricos inventados por los nacionalismos centralistas y atomizados de este nuestro país.

 

No hay cristal más puro para darse cuenta de estas cuestiones que las crónicas del pasado, puesto que, para conocernos a nosotros mismos, en primer lugar, hay que bucear en nuestras raíces, que son diversas y ricas en esencias comunes, por mucho que algunos intenten obviar.

 

Quizás que, de todo este legado, el más fructífero y valioso, sea nuestra lengua, un tesoro vanagloriado por eternos “españoles” como los argentinos Borges y Sábato, o el cubano Alejo Carpentier.

 

Precisamente, de este último extraigo un testimonio providencial en el que alababa la riqueza de lo mestizo, de la mezcla, de la heterogeneidad. El mismo, en esas mismas declaraciones, denunciaba el ardor radical de aquellos pueblos que profesaban la fe de la pureza de la raza, hablando así de la actitud centroeuropea.

 

Todo ese universo del que hablaba aquel criollo eterno lo hacía pensando en un contexto paradigmático en donde la escala geográfica aparentemente no nos afectaba, jamás intuyendo que la madre patria sufriera de ese conflicto existencial con los años, y que es consecuencia precisamente de la permeabilidad cultural de la que siempre hemos sido objeto. Podemos decir que hemos enfermado de nuestros propios vicios, puesto que llevamos en nuestros adentros esa capacidad de asumir como propio lo ajeno, en este caso, la mala sangre sectaria y xenófoba, aunque nuestro acervo cultural es tan rico, que estoy seguro que nos superaremos a nosotros mismo…nuevamente.

 

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