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No hace mucho escuché en una entrevista que le hicieron a Jorge Luis Borges un adjetivo que él utilizaba recurrentemente para referirse al lenguaje encriptado y altivo de sus primeras obras en prosa, algo que después el inmortal autor porteño rechazó, y al que llamó, Barroco, quizás que en homenaje a Quevedo, Góngora y Cervantes, autores que siempre le acompañaron durante toda su vida.

 

Igualmente, Alejo Carpentier se refería a tal estilo a veces rimbombante y repleto de dificultades para el entendimiento directo con semejante término, al que además lo asociaba con algunos escritores de Hispanoamérica tales como Juan Rulfo o él mismo.

 

Sin duda, se trata de un lenguaje no hecho para la masa, complejo y repleto de interpretaciones simbólicas, al que algunos se atreven a tildar de pedante, cuyos escritos requieren varias lecturas diagonales, pero que conectan de forma profunda con los lectores que buscan en la literatura algo más que las simples palabras y los hechos reflejados del día a día.

 

Para mí, el universo de los libros es una vía para evadirme de la cotidianeidad, un camino que me sirve para buscar en lo aparentemente incomprensible de los textos, verdades que se escapan al entendimiento más simple y directo, y que podemos encontrarlas en la torre del marfil del barroquismo literario. La literatura, en ese estado desgarrado, se convierte entonces en pura metafísica, en una manifestación artística propia de la  transgresión del velo que separa los dos mundos que nos rodean y nos impregnan, el platónico por un lado (el de las ideas, el más irracional, pero por lo tanto, más puro al mismo tiempo) y el que se nos presenta como real gracias al imperio de los sentidos.

 

En ese devaneo que nos empuja hacia el mundo de lo desconocido, es muy importante la palabra poética, porque sin duda, la poesía es la muestra desnuda del Ser del poeta, y por lo tanto, una flor que nace en el campo oscuro de su inconsciente.

 

La Poesie (como dicen los románticos alemanes), es decir, el alma de la poesía, será por lo tanto, la voz del yo que se oculta del mundo tangible; y es por esto que el poeta a veces nos la muestra mediante un lenguaje a veces inconexo pero directo, intuitivo, libre de la piel socrática que lo transforma en un pensamiento elaborado y racional completamente estructurado, que a mi personalmente, me interesa menos que el otro, porque para sentir la cotidianeidad ya tenemos el devenir de nuestros días, tal y como justificaba anteriormente.

 

La palabra del poeta, por lo tanto, es ley natural libre de pieles, y cuanto más poesía y menos lenguaje prosaico haya en su texto, más cerca nos encontraremos de su alma.

 

Pero no podemos obviar que nuestra mente no nace preparada para tanta visceralidad, y nos es más grato leer textos ya procesados por el prisma de la razón.

 

No obstante, existe un camino literario que nos permite poder acercarnos al mundo de las esencias sin tener que embadurnarnos del todo en la poesía más pura y genuina, y es el de los textos barrocos según Borges, que para mi se hace llamar prosa poética.

 

Con ese término se define un recurso escrito bello y profundo, la narrativa vestida de poesía, un estilo del que son grandes hacedores autores de la talla de Pessoa, Rimbaud, Borges, Poe o Lovecraft.

 

Desde aquí alabo a esa escritura que dada su naturaleza, confluye en una temática generalmente fantástica o inventada, recargada en su estilo, repleta de misticismo, donde la simbología cabalística, la alquimia y el ocultismo son sellos de identidad propia.

 

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