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Terror cósmico bajo la pluma

Existe un don al alcance de muy pocos, una virtud fabulosa que hace del que lo posee, un sello de distinción que lo separa de la mediocridad que impera a sus anchas por este mundo.

Esa virtud a la que aludo no es otra que la de hacer eternos los sueños propios aunque estos no sean más que pesadillas, entregarlos como legado, y que esa realidad onírica acabe fluyendo por las sucesivas generaciones durante “eones”.

Howart Philip Lovecraft (Providence, Estados Unidos, 20 de agosto de 1890 – ibídem, 15 de marzo de 1937) es uno de estos seres extraordinarios cuya alma sigue vagando por la mente de individuos como yo.

Su inmortalidad subyace bajo las piedras sobre las que se erigen los restos de las ciudades milenarias que narran sus historias sombrías, oscuras, allí donde lo sobrenatural es más real que las experiencias sensibles de nuestra cotidianeidad.

Toda su narrativa es un canto a lo sublime; enormemente recargada en lo descriptivo y que por ello ha sido criticado por los más puristas en aquello de la literatura, sus hilos argumentales no son más que la proyección de las vivencias venidas de su propio inconsciente a través de los sueños, y que en un alarde de absoluta de sinceridad intelectual incluso en aquello de mostrar el patrimonio más sagrado que tiene un ser humano, resultan ser una puerta abierta de par en par hacia el propio universo personal del maestro del Terror Cósmico (género parido por sus adentros, y que aún sigue disfrutando de un buen puñado de adeptos).

La ciencia, incluso en su faceta más pragmática y realista basada en argumentos racionales, el ocultismo y los rituales de veneración hacia  criaturas milenarias venidas de diferentes confines del universo, son temas que aparecen recurrentemente en sus relatos (género narrativo del que era un maestro), así como un sin fin de personajes fantasmagóricos y civilizaciones que emergen desde un mundo paralelo en donde el tiempo y el espacio fluyen a un ritmo diferente al que rige en nuestro universo, dieron   lugar incluso a la creación de una mitología propia de la que se han valido otros artistas para construir sus propias obras en diversas disciplinas, no sólo en la literatura, sino también en el cine, la música o  la pintura.

 

Lovecraft es, junto a Edgar Allan Poe y Stephen King, uno de los tres eslabones de la cadena homérica del horror, una línea de sabiduría metafísica que aúna  tres generaciones de escritores, y en donde el terror narrativo se nos muestra en toda su plenitud.

Las vivencias y personalidad del autor sirvió como un perfecto caldo de cultivo para que su intelecto diera prioridad  al mundo imaginativo; personaje sombrío, solitario, misógino, huérfano desde muy pronto con una vida llena de penurias en lo económico, son rasgos que sirvieron para erigir la leyenda de un escritor maldito padre de una literatura escrita desde la desesperación y la enfermedad, prolífera en sus historias pero como casi siempre, inédita en vida del autor de Provindence ( Lovecraft sólo vio publicado un único libro de relatos).

No obstante, incluso en el anonimato, tuvo un cierto reconocimiento reducido por parte de un grupo notable de adeptos que veneraban su talento, y que con el propio consentimiento del autor, profundizaban en los paradigmas creativos del autor como fuente de inspiración para crear historias paralelas, gracias a los cuáles, su obra se dio a conocer  después de su muerte.

En su obra extensa podemos citar un buen puñado de grandiosos trabajos, aunque para mi, dos se llevan la palma tanto por el fondo como por el lirismo poético de la narrativa, “Polaris” y en “Las Montañas de la Locura” (textos que me han influido notablemente), aunque no podemos dejar de mencionar otros relatos como “el Alquimista”, “los mitos de C’thulu”, o el  terror de Dunwich, joyas repletas de fragmentos como este con el que cerramos la puerta de esta semana:

 

No existe en el mundo mayor fortuna, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todos los contenidos. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de la infinitud, y no es nuestro destino abordar largos viajes.

 

Juzguen ustedes mismos.

(Artículo publicado en elcorreoextremadura.com el 06/09/2016. Para ver el original pinchar aquí)

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