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“Sumisión” de Michel Houellebecq.

Hace una semana fui pasto  del casual arrebato que a veces me incita a abrir un libro destinado supuestamente a ser abierto en otro momento. Generalmente soy bastante utilitarista con los libros que pasan por mis manos; debe haber siempre algún tipo de interés que me haga sumergirme en las páginas de cualquier obra, aunque entre cada lectura de esas que considero como obligatorias, a veces suelo intercalar libros que sólo  leo  por el mero hecho de descubrir nuevos horizontes.

Esto forma parte de mi propia concepción de lo que es la lectura, una herramienta más a emplear en el camino hacia el conocimiento, ya que los libros son para mí la fuente más fiel en donde buscar la esencia de un determinado asunto que me interesa.

El encargo de mi editorial (Ediciones Irreverentes) para participar junto con otros autores en una antología de relatos me hizo entender necesaria la posibilidad de abordar  la degustación del libro objeto que tratamos hoy, “Sumisión” (Anagrama 2015), la última de las  novelas  del poeta, novelista, ensayista y sobre todo polémico autor francés  Michel Houellebecq.

He de reconocer que hasta este momento, no conocí nada de la obra y gracia de  Michel Thomas (Saint-Pierre, isla de La Reunión, 1956), que es como realmente se llama el autor, pero una entrevista que llego a mis oídos el año pasado me puso sobre aviso sobre este trabajo.

Houellebecq es la máxima expresión de la polémica; ha sido tachado gracias a sus escritos de machista, xenófobo, depravado e islamófobo entre otras lindezas, lo cuál probablemente se lo ha ganado a pulso como así él mismo comparte, si bien para muchos estamos hablando de uno de los grandes autores de las letras galas de finales del siglo XX y lo que llevamos del XXI, tal y como sostiene por ejemplo nuestro escritor más afrancesado, Fernando Arrabal.

Sea como fuere, y si tenemos en cuenta “Sumisión” como punto de partida para analizar la figura psicológica de Houellebecq, podemos afirmar que todos esos apelativos están más que justificados. Veamos en qué consiste la obra.

Nos encontramos ante una novela que narra la historia de un profesor universitario de la Sorbona parisina, quien vivirá en primera persona los cambios que se producen en el país galo tras la llegada al poder de la facción francesa de los Hermanos Musulmanes. El partido será aupado al gobierno de la nación por una gran coalición de centroizquierda que tiene como intención  frenar el avance   del  Frente Popular lepenista, de tal manera que en el medio de esa incertidumbre política, Ben Abbes (nombre del líder carismático del partido islámico) consigue instaurar un régimen teocrático “democratizado” cuya intención en principio sería la de normalizar el caos imperante en el país. Aunque en un principio pareciera como si ese nuevo Estado nacido de las cenizas de los valores republicanos clásicos del país de la Egalité, Fraternité et Liberté, encajase perfectamente con los principios de los Estados Modernos Democráticos,  poco a poco se va comprobando que eso no es más que un espejismo. Según va pasando el tiempo y el Gobierno empieza a tomar las primeras medidas, comienza a verse cuáles son los verdaderos  objetivos políticos de Ben Abbes y de su régimen, mucho más oscuros de lo que se preveía en un principio, ya que su intención es la conversión total del viejo continente a partir de una estrategia geopolítica global de islamización en donde la Unión Europea jugará un papel destacado.

No es la primera vez que Houellebecq muestra  su particular animadversión con respecto a la religión del gran profeta Mahoma. De hecho, aún sigue “pagando”  las consecuencias de sus consideraciones vertidas en la novela Plataforma (2001), donde exponía su visión crítica del mundo musulmán. De hecho, no tardó en recibir amenazas de muerte  por parte de ciertos colectivos radicales, tal y como le ocurriera a Salman Rushdie en su día con su conocido “Versos satánicos”.

Pero con “Sumisión”, tal y como  se puede deducir de la propia sinopsis, Houellebecq ha ido más allá criticando los principios morales y éticos de la doctrina sin indagar precisamente en los aspectos en donde sería muy fácil incurrir (terrorismo), sino en  cuestiones dogmáticas más “livianas” como la poligamia, el machismo o el matrimonio infantil. No encontraremos por lo tanto una historia sombría en el que aparezcan personajes despiadados y delirantes, más bien todo lo contrario; de hecho, lo que se refleja es la aristocracia del régimen personificada en los Hombres de la cultura.

Es tremendamente interesante la ucronía que nos presenta  Houellebecq, sobre todo si consideramos que todas estas fabulaciones derivan de la mente de una persona  criada en los valores éticos y morales ajenos a los principios religiosos. Precisamente esto me ha llamado mucho la atención porque es inevitable analizar comparativamente algunos de los pasajes que el libro tiene sobre aspectos cotidianos de la vida del personaje, esgrimidos siempre desde un contexto personal del autor en donde normaliza y de que manera aspectos tan cotidianos como por ejemplo el de las familias desestructuradas, muy comunes en países europeos, pero que siguen siendo algo anómalo para ojos de aquellos que hemos sido criados en países en los que existe un entroncado vínculo con los principios religiosos. Precisamente, entre las cuestiones que plantea Houellebecq como base sobre el que se construiría ese hipotético Estado islámico, estaría la de elevar el núcleo familiar tradicional según la perspectiva musulmana al de motor socioeconómico del país. La familia sería por lo tanto la unidad fundamental de la sociedad. Además de ello, como fuerzas coadyuvantes estarían también el cambio de modelo educativo que dejaría de ser laico y público para pasar a otro de carácter religioso y privado financiado por los petrodólares, y también la salida del mercado laboral de la mujer.

Muchas de estas cuestiones seguro que no  le resultan desconocidas al lector porque parecieran sacadas de nuestra propia historia reciente, e incluso aún hoy sigue habiendo una reminiscencia en nuestra sociedad heredada de tiempos en los que la Religión era un pilar fundamental dentro de nuestro propio acervo cultural. De hecho, me pregunto si el propio Houellebecq no se habrá inspirado en el caso español para muchas de sus conjeturas, ya que asiduamente visita nuestro país.

Pero no nos engañemos, no somos una excepción; la historia de la civilizaciones no se entiende sin la presencia de la las religiones. Este es un tema que siempre me ha suscitado mucho interés, y del cuál he leído bastante sobre todo durante la etapa en la que estuve preparando PANGEA, mi primera novela publicada hace ya dos años. Las Religiones como entidades fueron uno de los elementos claves que permitieran el asentamiento de las comunidades urbanas; este es un hecho irrefutable del que existen evidencias físicas tales como las tablillas mesopotámicas que datan de hace más de diez mil años. Los templos en aquella época arcaica funcionaban como verdaderos centros de recogida y administración de excedentes recolectados en los campos de cultivo por parte de la ciudadanía, quien pagaba así su tributo con la intención de garantizarse un futuro en la otra vida, y evitar el castigo divino en esta. Los sacerdotes eran  auténticos recaudadores de impuestos que estaban en contacto con el “acreedor” del más allá, si bien los recursos materiales eran físicos  y con ellos lo que se hacía era sufragar  los gastos colectivos propios de las urbes. Este sería uno de los fines más prácticos del funcionamiento de las “instituciones religiosas” en la antigüedad, aunque no el único, ya que habría que añadir una finalidad aún más importante si cabe, la de preservar el orden entre los vecinos de estas primeras ciudades, gracias a la existencia de códigos de conductas supuestamente regidos por las deidades que permitieron garantizar una cierta armonía dentro de la vida en comunidad.

Desde un punto de vista antropológico, podemos indicar por lo tanto que la Religión en cualquiera de sus manifestaciones, ha sido siempre un instrumento  para la manipulación de las masas, algo que hemos podido contemplar a lo largo de la historia desde diferentes perspectivas y doctrinas.  Precisamente en estos tiempos actuales, es el Islam el que nos está mostrando la cara más amarga del uso oscuro de la religión como herramienta de adoctrinamiento para fines absolutamente perversos, además siendo Francia uno de sus objetivos fundamentales dado el laicismo histórico del que presume, pero como sostengo, ese rol en otros períodos ha sido ocupado por otras doctrinas.

Otro de los aspectos relevantes que podemos reseñar en “Sumisión” es el análisis político que esboza Houellebecq, tanto en clave nacional como europea tal y como apuntábamos en la sinopsis. Cabe destacar las tesis que defiende el autor con la que intenta explicar la hipotética posibilidad del triunfo de un Estado tan retrógrado como el que se acaba instaurando en un país que siempre ha destacado por exactamente lo contrario; la decadencia del pensamiento europeo carente de valores y propios, y por tanto vulnerable, la existencia de una clase política mediocre,  el miedo a la extrema derecha y la tergiversación mediática es el cocktail que el autor sostiene como causante del desastre.

En cuanto a la parte formal, dos comentarios: en primer lugar, y con respecto a la prosa, he de confesar que esperaba mucho más.  Obviamente, un autor traducido a una segunda lengua pierde bastante encanto, pero aún asumiendo esto, no soy capaz de entresacar la huella de autores con los que guarda una cierta influencia según se dice, tales como H.P Lovecraft (al que yo también admiro). Sí que es posible darse de bruces con la marca del Marqués de Sade, al menos en su apartado conceptual, ya que el libro está plagado de episodios de sexo altamente elevados que a mi juicio sobran. Más que engrandecer, empequeñecen la obra. La historia no precisa de tal lujo de detalles.

No obstante, en lo narrativo, sí que me gustaría subrayar positivamente el juego en el que entra Houellebecq acercando hacia un cierto paralelismo las vidas de François (el personaje principal del libro) con la  del también escritor francés Joris-Karl Huysmans. El profesor de la novela es un estudioso de la obra del escritor galo de finales del siglo XIX. Con este motivo, Houellebecq  encuentra un hilo argumental con el que pretende hacer de su personaje un alter ego del afamado autor de A contrapelo (1884), y vaya que si lo consigue.

En resumidas cuentas, apruebo y con nota  la lectura de esta obra singular de un autor que no conocía, pero sobre el cuál pretendo profundizar más en su obra. Esta es la grandeza de la literatura, un libro puede abrirte la puerta de un nuevo camino para explorar. Solo hay que estar dispuesto a recorrerlo.

(Publicado en elcorreoextremadura.com 20/07/2016)

 

 

 

 

 

 

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