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Roquetin estaba equivocado (la vida es demasiado maravillosa incluso en la adversidad).

 El protagonista principal de “La Náusea” de Sartre, Antoine Roquetin, manifestaba su desazón frente a la revelación que le supuso el ser consciente del vacío tan grande que tenía en su vida, mediante ciertos ataques de náusea que lo sumían en un trance enfermizo, síntoma de la crisis existencial que sentía el alter ego del filósofo francés ante tal verdad.
Roquetin creía tener sus propios motivos para sentir lo que sentía. Su vida, como la de cualquiera realmente, estaba llena de generalidades que asumía como singularidades propias.
Precisamente son estos motivos particulares a los que nos aferramos para reafirmarnos como individuos diferenciados, que es lo que buscamos, poder construir nuestra propia historia personal desde lo que nos pasa. Tenemos necesidad de sentirnos especiales, es lo que nos hace vivir, ya que tal sensación nos produce una cierta autocomplacencia que nos mueve a seguir con nuestro proyecto vital, que se supone que es nuestro, genuino y de nadie más.

Pero las dudas empiezan a asaltar cuando somos conscientes de que alguien ha escrito ya los mismos capítulos que nosotros estamos intentando materializar, y vemos que la prosa utilizada no es de nuestro agrado. El baño de realidad nos sume en un pesimismo que nos atrapa en un fango de preocupaciones del que es difícil salir, nos sumerge en una tristeza desgarradora que acrecenta nuestros miedos frente al posible futuro que se supone ya está escrito, y por lo tanto, no hay alicientes que nos hagan luchar por labrarnos un camino propio.
Yo vivo continuamente intentando destruir ese mantra, y siempre albergo la esperanza de poder solventar los obstáculos que me van saliendo, a pesar de percibir en el horizonte el resultado desagradable de la materialización irremediable de unos hechos más que esperados.
Frente a los problemas cotidianos que nos recuerdan que seguimos vivos (los tenemos porque ESTAMOS), si sirven para emborronar nuestra realidad, yo tiendo a asumirlos de manera muy visceral, y esto me lleva a sufrir un estado emocionalmente superior, un clímax de sentimientos encontrados realmente agotador, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto. No soy capaz de relativizar las cosas, lo siento, y además hago apología de ello. Vivo y sufro a partes iguales, porque creo que para alcanzar las metas no hay lugar para el conformismo y la autocompadencia, y esa necesidad hace que tengamos que romper cadenas, lo cuál supone sufrir de alguna manera.
A pesar de todo, hay que agarrarse a la vida, y eso implica hacer lo propio con la necesaria lucha constante frente a estas adversidades que nos acechan por ser lo que nos pasa patrimonio del ser humano, y por lo tanto, conocido y predecido por todos, pero hay que nadar contracorriente para intentar reescribir la historia. Eso es lo que nos debe dar fuerza, es la única manera de poder sobrevivir.
Sinceramente, creo que Roquetin estaba equivocado.

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